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Un premio Nobel y la lucha por la paz en Colombia

Viernes, 16 de Diciembre del 2016 | Escrito por - Andres Schipani
Bob Dylan no asistió a la ceremonia en Estocolmo este fin de semana a recoger su premio Nobel de Literatura. Pero no había forma de que el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, ganador del Premio Nobel de la paz — quien le ha apostado todo a un acuerdo con los rebeldes marxistas de las FARC — se perdiera su propia suntuosa ceremonia en la vecina Oslo.

Yo tampoco tenía muchas ganas de perderme el final — en papel, al menos — de una de las guerras más largas del mundo. Sin embargo, fue raro que el gran final no se realizara en Colombia, donde han muerto más de 220,000 personas en más de cinco décadas de guerra civil.

Existen razones para esto. Hace diez semanas el Sr. Santos perdió un referéndum convocado para ratificar un acuerdo de paz negociado tras muchos esfuerzos con las FARC. Pero el Sr. Santos ha decidido seguir adelante de todos modos.

Una semana más tarde, recibió la noticia de su premio Nobel. Algunos aplaudieron pero otros consideraron que el honor era prematuro, intensificando la presión para sellar un nuevo pacto antes de la ceremonia de entrega de premios.

El acuerdo fue polémicamente ratificado por el congreso hace dos semanas. El premio se convirtió entonces en una útil señal de apoyo internacional, conforme el Sr. Santos intenta superar la oposición interna a los planes que, si se implementan, les darían la posibilidad a los rebeldes de convertirse en un partido político.

El sábado, en la marmoleada sala principal del ayuntamiento de Oslo, el Sr. Santos describió el premio Nobel como "un regalo del cielo" que dio apoyo a sus esfuerzos de paz.

Ahora, no debe dormirse en sus laureles. Después de todo, su observación de que "es mucho más difícil hacer la paz que hacer la guerra" sigue vigente. Sus detractores, encabezados por su ex jefe, el ex presidente Álvaro Uribe, dicen que el acuerdo de paz es un proyecto de vanidad diseñado para asegurarle al Sr. Santos, educado en Harvard, un sitio en la historia.

Muchos aún apoyan al Sr. Uribe, un caudillo cuya presidencia se caracterizó por un conflicto armado con las FARC, cuyos miembros son aborrecidos por cometer numerosos asesinatos y secuestros.

El 10 de diciembre en Oslo, me di cuenta de repente de que a la historia no debe permitírsele obstruir la paz. En una parte del mundo donde la historia ha sido tan brutal, es inevitable que la perspectiva de la paz sea acogida con regocijo.

Durante los últimos cuatro años, he seguido los esfuerzos del Sr. Santos. Me he reunido tanto con negociadores como con víctimas. He ido a Cuba, donde se negociaron los acuerdos y he visitado los campamentos de las FARC en Colombia. He cubierto la firma de esos acuerdos e incluso he reunido a un rebelde con su madre, quien lo creía muerto.

Así que venir a Oslo era el final de una historia para mí también.

Me puse de pie mientras las víctimas del conflicto que el Sr. Santos había traído consigo recibían atronadores aplausos. Extrañamente, no había presencia de las FARC. En cambio, estaban Íngrid Betancourt, una ex rehén quien ha adquirido estatus de celebridad, políticos colombianos tomándose “selfies” e incluso Henry Kissinger.

Más tarde, un alto funcionario colombiano advirtió que la batalla para garantizar la paz "sólo ha comenzado". Calculaba que la vanidad, la violencia y la burocracia podrían obstaculizar la aplicación de los acuerdos, o arrastrar a Colombia de regreso al derramamiento de sangre.

Así que cuando el Sr. Santos citó a su compañero laureado con el premio Nobel, Bob Dylan, durante su discurso de aceptación, no estaba simplemente atacando al Sr. Uribe y sus partidarios. "¿Cuántas muertes se necesitan para que él se dé cuenta de que han muerto demasiadas personas?".

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