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Los ataques contra ciudades son atentados contra la urbanidad misma

Viernes, 6 de Enero del 2017 | Escrito por - Edwin Heathcote
Los actos terroristas en centros principales se derivan del odio de la apertura y el liberalismo.

Las ciudades están bajo ataque. Paris, Bruselas, Niza, Berlín y ahora Estambul han sufrido asaltos brutales. Esta nueva ola de atentados terroristas es diferente a los ataques del 9/11 o la explosión de las bombas del 7/7 que paralizó el sistema de transporte público en Londres. Éstos son atentados contra una noción más abstracta, la idea de un espacio público y un lugar común en las ciudades.

El Estado Islámico (EI), la organización terrorista responsable por haber cambiado el enfoque después de los ataques espectaculares de al-Qaeda, es un grupo rabiosamente antiurbano, dedicado a la destrucción de todo lo que representan las ciudades contemporáneas. Los ataques contra los clubes nocturnos, restaurantes y locales de música son un asalto puritano en contra de los que significan las ciudades. El Estado Islámico tiene nostalgia de una versión mítica de un califato del siglo X que ejemplifica la pureza del verdadero Islam. Curiosamente, esta filosofía se parece a la del resurgente movimiento nativista de derecha. Tanto el EI como los movimientos demagógicos “populares” han enfocado su furia en contra de las ciudades cosmopolitas globales y las elites liberales urbanas que viven en ellas.

Los populistas obtienen su apoyo en las áreas rurales y en los descartados centros industriales, explicando que los problemas que enfrentan los habitantes de esas comunidades han sido causados por la “elite urbana”. Están utilizando el atentado del mes pasado en Berlín como evidencia de su razonamiento: “se los advertimos”. El trasfondo es que la campiña es pura, las ciudades han sido mancilladas. La campiña es el lugar donde vive la “gente real”, como si los habitantes de las ciudades fueran de alguna manera menos reales.

Las ciudades han sido un blanco terrorista desde los bombardeos anarquistas del siglo XIX, ya que son más fáciles de perturbar. Las multitudes son una garantía de que habrán víctimas, pánico y atención de los medios y la anonimidad de la multitud permite que extraños con malas intenciones puedan insertarse sin ser vistos. Actualmente, la diferencia es que las ciudades están siendo atacadas porque son el blanco específico, no porque es más fácil o conveniente hacerlo. Estos atentados son ataques contra la urbanidad misma.

Breitscheidplatz, la principal plaza pública en Berlín, fue el blanco perfecto. Había sobrevivido la destrucción casi total en la segunda guerra mundial y simboliza la dolorosa relación de Alemania con una historia que no quiere olvidar. La torre de la histórica Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm es un feo tronco, ya que su aguja fue destruida durante la guerra. Junto a ella, donde el camión irrumpió en el mercado navideño, hay un campanario consagrado en 1961, el año en el que comenzó la construcción del Muro de Berlín.

La plaza también fue la sede del Café Romanisches, donde se reunían los miembros de la elite intelectual de la ciudad. Ahí Otto Dix y Bertolt Brecht se podrían encontrar con Billy Wilder o Joseph Roth. In 1927 los Nazis iniciaron un motín en la famosa avenida Kurfürstendamm. Uno de los blancos era el Café (y sus intelectuales y artistas degenerados) el cual sufrió graves daños. El siguiente año, la plaza fue criticada por Joseph Goebbels. “El espíritu de la democracia de asfalto es decadente”, escribió. Los ataques contra las ciudades abiertas y tolerantes son ataques contra la democracia.

Además de su historia, la cual ha convertido a Breitscheidplatz en uno de los espacios cívicos más importantes de la era moderna, la plaza fue adornada con el glaseado del mercado navideño lleno de puestos construidos como cabañas de madera donde se vendían vino caliente, salchichas, pan de jengibre (al igual que baklava y delicias turcas). Este atentado no fue un ataque contra un sitio específico sino contra la ciudad misma.

Berlín es una ciudad ferozmente moderna, con orígenes de una Prusia militarista, que se ha convertido en un bastión del liberalismo y multiculturalismo. Sin embargo muestra las lesiones físicas de los asaltos de ambos extremos del totalitarismo. Esta plaza ejemplifica la resiliencia de los espacios cívicos como un sitio de reunión y recuerdo.

Actualmente, se está librando una guerra asimétrica en contra de la institución más exitosa de la era moderna: la metrópolis. Al utilizar un camión como arma, los terroristas están convirtiendo las herramientas de la logística suburbana en contra de la esencia de la urbanidad. El camión chocó con toda la fuerza de la banalidad de los anónimos sistemas de entrega en el corazón de una plaza citadina cuya esencia es la libertad, la libertad de convivir en una ciudad sin protección, vigilancia o clasismo. La plaza — con su consiguiente inseguridad, que ofrece la increíble posibilidad de perderse en la multitud — le pertenece a todo el mundo. Su fluidez significa que es resistente a la vigilancia.

Breitscheidplatz está marcada de forma indeleble con la traumática historia de Berlín. Ahora ha añadido una memoria horrorosa adicional como el símbolo de las ciudades públicas bajo ataque de ambos extremos.

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