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Ortega cada vez más cuestionado en Nicaragua

Ortega cada vez más cuestionado en Nicaragua

Ortega cada vez más cuestionado en Nicaragua

Daniel Ortega observó un mar de banderas que flameaban y escuchó las canciones que lo acompañaron cuando llegó al poder hace casi 40 años. A su izquierda se encontraba la primera dama y vicepresidenta Rosario Murillo y a su derecha Víctor Tirado, otro viejo comandante guerrillero. La pompa y ceremonia parecía pensada para revivir los días de la revolución sandinista a pesar de que por estos días numerosos nicaragüenses, incluidos antiguos aliados, lo comparan con los Somoza, la dinastía que él ayudó a derrocar en 1979. Manifestaciones en las que murieron decenas de personas en medio de una feroz represión policial y de civiles oficialistas han debilitado a Ortega, uno de los pocos líderes de izquierda que quedan en América Latina, obligándolo a retirar unas reformas al seguro social que fueron muy resistidas y a hacer frente a una crecida oposición que lo quiere derrocar.  “En brutalidad represiva y criminal ha sido igual que los Somoza y está dando muestras de que los está superando”, sostuvo el general retirado Hugo Torres, que rompió con el Frente Sandinista hace más de 20 años. “Porque asesinar a más de 60 jóvenes indefensos en cuestión de cinco días... eso en la historia de Nicaragua no lo hemos conocido”. Ortega consolidó el poder en sus manos o en las de sus aliados. La Corte Suprema anuló leyes que impedían la reelección en el 2011 para que pudiera seguir gobernando. Sus rivales se quejan de que un consejo electoral afín le sigue la corriente en todo. Para muchos, la selección de su esposa Murillo como vicepresidenta en los comicios del año pasado reflejan sus deseos de impulsar una dinastía. Abundan, no obstante, quienes no admiten la comparación con la corrupción de Anastasio Somoza, quien disolvió el Congreso, detuvo y torturó a sus opositores --incluido Ortega-- y llegó a ser propietario de grandes extensiones de tierra. Si bien las tensiones disminuyeron en los últimos días, persisten las grandes manifestaciones contra el gobierno. Sus partidarios esperan que Ortega, de 72 años, apele a sus años de experiencia política para ganar tiempo a partir de un diálogo mediado por la Iglesia Católica. Algunos rivales, no obstante, han dicho que no participarán y promueven en cambio un referendo revocatorio. El acto de esta semana presidido por Ortega congregó a miles de partidarios del gobierno y trabajadores estatales en la Plaza de las Victorias, en lo que fue presentado como un llamado a la paz y el diálogo. Pero a pesar de que la multitud observó un momento de silencio por los muertos en las manifestaciones, a aproximadamente 2,5 kilómetros (1,5 millas), la Juventud Sandinista desmantelaba un homenaje a las víctimas que había sido instalado en una rotonda. Y el presidente empleó un tono combativo, salpicando su discurso con expresiones alusivas a batallas y asegurando que no retrocederá un solo paso. “Desgraciadamente, los mismos que incitaban a la guerra antes ahora incitan nuevamente a la violencia”, manifestó Ortega.  “Nuevamente han provocado una profunda herida en el corazón de la patria los sembradores de odio”. Torres dijo que se refería al Movimiento de Renovación Sandinista, creado por sandinistas disidentes hace unos 20 años al que pertenece. Algunos de los muertos en las manifestaciones eran hijos de sandinistas cultores de los principios que ahora acusan a Ortega de abandonar. Víctor Cuadras, ingeniero químico de 25 años y portavoz del Movimiento Universitario 19 de Abril, dijo que militó en el Frente Sandinista de Ortega y que su padre combatió con los sandinistas contra Somoza. Parado frente a su universidad, que está cerrada, dijo que la única salida a la crisis actual es que Ortega deje el poder. “No queremos más a esta dictadura que nos sigue oprimiendo, que nos sigue persiguiendo y con la cual no tendremos jamás una Nicaragua libre”, expresó Cuadras. Ortega gobernó Nicaragua de 1979 a 1990, resistiendo una rebelión apoyada por Estados Unidos, hasta que fue derrotado en las urnas. Recuperó la presidencia hace 11 años y ha tendido puentes con viejos enemigos en la comunidad empresarial y la iglesia católica. Al menos hasta hace poco era bastante popular y gobernaba un país con un crecimiento económico por encima del promedio y con programas contra la pobreza elogiados por el Banco Mundial. “Es el único gobierno que se ha preocupado por los pobres”, afirmó Ada López, una abogada de 48 años que asistió al acto oficialista del lunes. En los últimos tiempos, sin embargo, ha habido indicios de descontento y denuncias de corrupción gubernamental y de favoritismo para con familiares de Ortega. El gobierno fue criticado por su respuesta a incendios que quemaron 135 hectáreas de un bosque tropical protegido el mes pasado, desatando algunas protestas que fueron una antesala de lo que sucedió después. Las tensiones explotaron a mediados de abril, cuando Ortega anunció reformas al sistema de seguro social que hubieran aumentado las contribuciones y reducido los beneficios. “Lo que (Ortega) no previó fue que el público estaba más predispuesto a expresar su oposición a él y a su esposa”, expresó Manuel Orozco, del Diálogo Interamericano de Washington. “Esa fue una sorpresa tan grande como desagradable.  Pensó que podía contener cualquier tipo de disidencia con las turbas, pero resultó que no fue así”. Las manifestaciones comenzaron el 18 de abril en Managua y León con unos pocos jubilados. Cuando fueron agredidos por las fuerzas de seguridad, hubo una reacción furibunda de grupos de jóvenes y estudiantes universitarios sandinistas, históricamente su gran sostén. Repentinamente, los manifestantes empezaron a portar carteles con consignas como “Daniel y Somoza son la misma cosa”. Las protestas se expandieron a otras ciudades y las autoridades suspendieron las transmisiones de canales noticiosos que informaban sobre el malestar. Murillo acusó a sectores no identificados de manipular a los manifestantes con fines ocultos. En algunos casos, la policía disparó a los manifestantes. La Comisión Permanente de los Derechos Humanos dijo que hubo 63 muertos. Carlos Jarquin, profesor de medicina que ocupó un cargo prominente en el primer gobierno de Ortega durante los años 80, se ofreció como voluntario para atender a los heridos en una clínica. “No podía quedarme sentado en mi casa viendo que los estaban balaceando, que los estaban torturando, que los estaban asesinando, y no hacer nada para ellos”, expresó el médico, quien se sigue considerando un sandinistas. “El actual gobierno ha abandonado los principios sandinistas de trabajo, de entrega a los pobres, de entrega a los oprimidos”.  Al continuar los enfrentamientos violentos y aumentar la presión internacional, Ortega dijo que anularía as reformas al seguro social y liberaría a los manifestantes presos. La iglesia católica aceptó mediar en un diálogo. Incluso entre los aliados del gobierno hubo gente que pensó que la represión había llegado demasiado lejos. “Mi reacción fue estar sumamente preocupado por el curso de violencia que volvía a ensangrentar a la juventud del pueblo nicaragüense justamente contra lo cual habíamos nosotros luchado”, declaró Jaime Wheelock, quien fue uno de los nueve comandantes de la revolución nicaragüense junto con Ortega y Tirado. Wheelock dijo que amigos sandinistas angustiados lo habían llamado y le habían pedido que hablase con Ortega, y que a fines de abril le envió una carta diciéndole que los manifestantes habían sido agredidos injustamente y cuestionando la afirmación de que eran parte de una “facción de la oposición”. La crisis revela que las alianzas con el sector privado y la iglesia católica en las que se apoyaba Ortega desde su retorno al poder se están resquebrajando. “Por primera vez es el gobierno quien llama al diálogo en un momento en que se encuentra muy debilitado y en una situación de falta de credibilidad muy grande”, expresó Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua y quien participará en el diálogo. “Esperamos que sea un diálogo para cambiar cosas, no para oxigenarse”.

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