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Cómo enfrentar la ansiedad en la era del miedo

Cómo enfrentar la ansiedad en la era del miedo

Cómo enfrentar la ansiedad en la era del miedo

Las vacaciones estaban reservadas. Un itinerario estaba emergiendo lentamente: cuatro semanas en California, visitando todos los lugares de interés turístico que conforman el “gran viaje por carretera estadounidense”: Big Sur, Lake Tahoe, Yosemite, Joshua Tree. El único cliché que habíamos olvidado fue alquilar un Mustang convertible para el viaje.
 

Entonces surgió un obstáculo. A pesar de que había ocultado mi profundo terror de los terremotos al reservar los vuelos no reembolsables, mis temores se articularon por completo unos días después cuando un amigo compartió generosamente un artículo en un periódico. Decía: “El terremoto de California que más temen los sismólogos podría ocurrir en cualquier momento. Es probable que atrape a millones de personas desprevenidas y es casi seguro que desatará una devastación espectacular”. ¡Salud, amigo!

 

El ‘grande’ se ha pronosticado durante décadas, pero naturalmente decidí que coincidiría con el viaje. No seas tonta, dijo mi cuñado, quien es un analista de fallas. No me tranquilizó. Realicé una encuesta en Instagram: “¿Estoy loca por cancelar unas vacaciones por temor a los terremotos?” Solo el 30 por ciento de los encuestados respondieron que sí. Traté de cancelar. Eso no funcionó muy bien.

 

El miedo es terriblemente aburrido. Supongo que en la jerga moderna podría llamarse ansiedad. Pero prefiero llamarlo neurosis como en el pasado. Me atemoriza cualquier cosa: las teteras eléctricas, la explosión de corchos de champán, las bolsas desatendidas. Por la noche, considero catástrofes innombrables y mi preparación para sobrevivirlas. (Sugerencia experta: hablé con una ingeniera socorrista sobre qué hacer en caso del Armagedón y me dijo que llenara la bañera. El agua potable será la clave para la supervivencia).

 

Por supuesto, alimentar estas ansiedades es en sí mismo un lujo. Vivo en uno de los lugares más benignos del planeta, donde los peligros naturales son raros y no existen depredadores reales. Pero en lugar de disfrutar de estas complacencias, me encuentro entre un número creciente de personas que encuentran cosas nuevas que temer.

 

La ansiedad se ha convertido en una ocupación cultural. Los libros y las películas vienen con advertencias diseñadas para protegernos de los traumas del pasado. Netflix está repleto de documentales fatalistas que detallan sombrías estadísticas sobre asesinos en masa, líderes de cultos o nuestra dependencia a los medicamentos recetados. Las noticias en vivo llenan las redes sociales e ilustran las aterradoras historias de testigos. Todo se ha convertido en una “bomba de tiempo”. No es de extrañarse que todos lo estemos sufriendo.

 

Pero me pregunto si tengo en realidad un desorden de ansiedad, mientras me replanteo mi aventura en EUA para evitar la falla de San Andrés, lo que significa, más o menos, vacacionar en Nevada. ¿O simplemente soy, como diría mi hija, una “olla de preocupaciones”?

 

Olivia Remes, candidata a doctorado estadounidense en la Universidad de Cambridge, es la cara glamorosa de la investigación sobre la ansiedad. En su iluminadora charla Ted Talk sobre el tema, argumenta que uno de cada 14 de nosotros tiene ahora un trastorno de ansiedad y que su tratamiento cuesta decenas de miles de millones de libras cada año (US$42 mil millones se gastan anualmente solo en EUA). Ella describe los síntomas como una “preocupación excesiva por todo”, y señala que quienes lo padecen son más propensos a la depresión. En los casos más agudos, los pacientes no pueden tener ninguna semblanza de una vida normal.

 

Mientras que Remes reconoce que cierto grado de ansiedad puede hacernos más productivos, porque nos equipa para cumplir con los plazos y completar tareas, dice que la preocupación excesiva siempre será debilitante porque paraliza nuestro progreso. Dejamos de salir. Limitamos nuestras vidas.

 

El primer paso para la recuperación, dice, es “hacerlo mal”. Hacer lo que sea que te asusta, argumenta, te “catapultará” a la acción y te ayudará a darte cuenta de que tu miedo no es tan malo como parece. Sea lo que sea, solo mejorará con la práctica. La ansiedad, agrega, es en gran medida el subproducto del perfeccionismo, por el cual las personas dejan de hacer cosas porque tienen estándares personales demasiado altos.

 

La teoría me recordó a un consejo que alguna vez me sugirió un colega veterano que decía lo siguiente: “A veces, lo que haces será solo un seis de 10. Y eso está bien”.

 

Ambas son una manera gentil de decir que a veces tienes que dejar de controlar las cosas. Aflojar el mando. Porque solo al dejar las cosas sobre las cuales no tienes control, puedes ganar control sobre las cosas que realmente importan, es decir, tu salud mental.

 

Lo cual es muy tranquilizador y halagador –porque ¿quién no se considera a sí mismo perfeccionista?– pero también es bastante confuso. Si alguien tiene una ansiedad paralizante con respecto de conducir, seguramente hacerlo mal no sería bueno para nadie. Del mismo modo, ¿cómo puedes tomar mal unas vacaciones en una de las zonas de terremotos más volátiles del mundo?

 

Quería descartar el consejo. Pero, de nuevo, podía ver el punto. Si la ansiedad es un problema de control, parte de la obsesión por controlar cada faceta de tu vida para cumplir con un estándar imposible (hecho tres veces peor por las plataformas de medios sociales que te permiten presentar una versión filtrada de los eventos), entonces el riesgo de la decepción, y por lo tanto la infelicidad, siempre será enorme. Supongo que, según la lógica de Remes, la tentación de eliminar cualquier alegría anticipatoria se ha convertido en una forma de autoprotección. No puedes decepcionarte si, en la secuencia de sueños de tu vida, matas toda la felicidad potencial con tu tristeza apocalíptica. Tal vez, a veces, debes permitir que las cosas sean un seis de 10.

 

Por lo tanto, estoy enfrentando mis temores. El viaje sigue en pie. Me voy a California. Me estoy asegurando de que las habitaciones tengan una bañera. Y si nos sacude el ‘grande’, la culpa será mía.

 

“Cierto grado de ansiedad puede hacernos más productivos, porque nos equipa para cumplir con los plazos y completar tareas. La preocupación excesiva siempre será debilitante porque paraliza nuestro progreso. Dejamos de salir. Limitamos nuestras vidas”. Olivia Remes, candidata a doctorado estadounidense en la Universidad de Cambridge

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