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Fiebre amarilla: cuando El Salvador se enfrentaba a una epidemia de origen misterioso

En un artículo llamado "La fiebre amarilla en Centroamérica", publicado en noviembre de 1900, el doctor alemán Herman Prowe, quien había sido testigo de la epidemia, afirmaba que la enfermedad había hecho su ingreso al territorio nacional por los tres puertos del país: La Unión, La Libertad y Acajutla.

Pacientes de fiebre amarilla en Cuba en 1899. (Foto de Internet)

Para mayo de 1894, El Salvador estaba a punto de comenzar a sufrir los embates de su última gran epidemia de fiebre amarilla en el siglo XIX. Aunque la enfermedad no era desconocida en el país, puesto que ya habían ocurrido al menos tres brotes anteriores: el primero en 1854; el segundo entre 1868 y 1869; y el tercero entre 1881 y 1885, los registros históricos sugieren que la comprendida aproximadamente entre los años 1894 y 1897 fue acaso la más devastadora.

En un artículo llamado "La fiebre amarilla en Centroamérica", publicado en noviembre de 1900, en La Clínica, el órgano de publicación mensual de los trabajos científicos del Hospital Rosales, el doctor alemán Herman Prowe, quien había sido testigo de la epidemia y había llegado a ser director del servicio de sanidad del Hospital General de San Salvador, afirmaba que la enfermedad había hecho su ingreso al territorio nacional por los tres puertos del país: La Unión, La Libertad y Acajutla.

El doctor alemán Herman Prowe fue testigo de la epidemia y llegó a ser director del servicio de sanidad del Hospital General de San Salvador

Si bien Prowe no precisaba fechas exactas ni mayores datos, en el caso de La Unión indicaba que el virus había sido importado por un viajero italiano que había arribado a ese puerto y había muerto días después en San Miguel. A ese primer caso, se habían sumado luego dos más, no especificaba si mortales: la cuñada de dicho viajero y una niña de 11 años. 

"Hasta mayo de 1894 no pasó de estos dos casos", afirmaba el médico en su artículo, para agregar a renglón seguido que a partir de ese mes se había desatado "una pequeña epidemia" entre unos soldados que estaban acuartelados en una casa adyacente a la de la niña. De ahí, la enfermedad se habría esparcido a Chinameca que en el resto de aquel año quedaría, según Prowe, "literalmente diezmada".

La mayor propagación de la fiebre amarilla en el territorio nacional se daría, sin embargo, por  vía de La Libertad y Acajutla, donde el doctor recordaba que se habían reportado casos esporádicos incluso desde finales de 1893. "Yo pasé por esos lugares en octubre y noviembre de 1893 (a tiempo que la epidemia azotaba Amapala, Honduras) y oí hablar de fiebres que mataban en pocos días a los recién llegados, es decir, que no se trataba de malaria", sentenciaba.

Del primero de esos puertos, de hecho, sería que la enfermedad saltaría a San Salvador. Prowe afirmaba que el contagio en la capital iniciaría por medio de dos cocheros de La Libertad (otras fuentes señalan que eran dos agentes de policía) que habían sido trasladados al Hospital General.

Aunque a su llegada, el cirujano Tomás García Palomo había acertado en el diagnóstico del vómito negro, como se le llamaba también a la fiebre amarilla, su conclusión había sido desechada por sus colegas, evitando el aislamiento de esos dos pacientes y permitiendo, al cabo de seis semanas, el surgimiento de un importante foco de contagio al interior del hospital.

En otro artículo ("Etiología del tifus icteroide") aparecido también en La Clínica, en el número correspondiente a mayo y junio de 1901, su autor, S. Ortega Cortés, dejaba entrever que, a pesar del acomodamiento de un lazareto para el tratamiento de ese tipo de enfermos,  el Hospital General continuaría siendo, junto al Cuartel de la Brigada de Línea, un foco recurrente de casos de fiebre amarilla en los años posteriores.

En total, entre 1894 y 1896, Prowe calculaba que solo en San Salvador la epidemia había alcanzado a entre 11,000 y 17,000 personas y se había cobrado la vida de unos 1,700 enfermos.

"Aun restando de aquí los viajeros es siempre un número demasiado elevado para una población de 30,000 habitantes", exclamaba.

Dichos cálculos no incluían a las otras localidades del país donde el contagio había sido masivo (Santa Tecla, Quezaltepeque, Nejapa, Santa Ana, Chalchuapa, Sonsonate y San Vicente, entre otras) para las cuales solo brindaba algunas cifras aisladas.

El manejo de la enfermedad se complicaba desde luego, no solo en El Salvador, sino en el mundo, porque aunque sus síntomas eran de sobra conocidos desde hacía casi dos siglos, los médicos y científicos no lograban un consenso sobre el agente que la provocaba.

Para el caso de su manifestación en los pacientes, la literatura clínica precisaba que la fiebre amarilla producía repentinos aumentos de temperatura hasta los 40 grados; dolores de cabeza y articulaciones; congestión, sobre todo de las conjuntivas; anuria o interrupción de la orina; la típica coloración amarilla de la piel, conocida en la medicina como ictericia; y, en su fase final, hemorragias y vómitos negros o sanguinolentos. 

En cuanto a la causa del mal, sin embargo, las cosas eran más bien confusas. A pesar de que, desde 1881, el doctor cubano Carlos Juan Finlay había avanzado la teoría de un agente transmisor y de que en una intervención, ese mismo año, ante la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana había incluso identificado con precisión a dicho agente como el zancudo aedes aegypti, su teoría no había sido confirmada por ningún otro científico y, por lo tanto, se tomaba como cualquier otra teoría más, con escepticismo.

Así, para cuando la última gran epidemia de fiebre amarilla del siglo XIX estalló en El Salvador, las hipótesis que se barajaban alrededor del mundo sobre su origen seguían siendo oscuras. Algunos médicos consideraban que esta brotaba a causa de la insalubridad, otros que era una infección local, cuyo asiento principal estaba en el estómago, y unos más que era un bacilo que se encontraba en la sangre. Las teorías sobre las vías de infección eran igualmente variopintas. Algunos argumentaban que esta se daba por la vía hídrica, y otros por el aire, los alimentos o el contacto con objetos o personas contaminadas.

El mismo Prowe creía que el origen del vómito negro era un germen que se encontraba en la tierra humedecida por las lluvias que era trasladado a las personas por la acción de corrientes de aire cálido. "Estas corrientes de aire caliente sobre el suelo arrastrando al pasar el aire

enfriado en la superficie por la evaporación lleva a veces el germen de la fiebre amarilla de la tierra a las personas. A menudo se observa que el número de casos aumenta considerablemente al cesar unos días las lluvias o cuando el suelo se seca rápidamente al desatarse los fuertes nortes de octubre y noviembre", indicaba.

En ese escenario de combate a una enfermedad de origen misterioso y para la cual no había cura, las medidas que las autoridades salvadoreñas tomaban se limitaban prácticamente al aislamiento de los enfermos y el distanciamiento de las personas, así como a extremar las medidas de salubridad. En su artículo, Prowe enumeraba alguna de ellas: sanear edificios, aislar a personas con cuadros febriles, cancelar fiestas populares y suspender los reclutamientos.

En cuanto a los enfermos, se les administraba un tratamiento en extremo agresivo: calomel (un medicamento a base de cloruro de mercurio, que servía como diurético y laxante), una mezcla de azufre sublimado y magnesia calcinada, y salol (salicilato de fenilo, que funcionaba como antiséptico y analgésico). Asimismo, a muchos de ellos, los médicos optaban por practicarles  sangrías.

Sería solo hasta 1900, cuando una comisión médica del ejército de Estados Unidos, que por ese entonces ocupaba Cuba, examinaría las tesis y datos de Finlay y validaría sus resultados, permitiendo así que poco a poco la comunidad científica del mundo aceptara que la enfermedad era transmitida por un vector y no de persona a persona, como se había creído hasta entonces. Con esa claridad, se procedería a un mayor control del mosquito y, por tanto, a una menor diseminación de la enfermedad.

En El Salvador, luego de la epidemia de 1894-1897, la fiebre amarilla permanecería como endémica, con casos aislados y recrudescencias en algunos meses, hasta que en 1921 se reportaría el último de los enfermos.

Hoy en día, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce a 47 países del planeta (de África y Sudamérica, sobre todo) donde la enfermedad es endémica ya sea en la totalidad de sus territorios o en algunas partes. Y aunque puede prevenirse de manera eficaz con una vacuna, todavía no existe un tratamiento antivírico contra ella. Anualmente, la entidad calcula que hay cerca de 30,000 muertes relacionadas con la afección.

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