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"Vivimos, como si permanentemente estuviéramos sometidos a una experiencia de muerte"

Cristian Alarcón, ganador del premio Alfaguara de Novela 2022 conversó con El Economista, sobre El Tercer Paraíso, la jardinería y el oficio periodístico. 

Foto: cortesía del Festival Centroamérica Cuenta.

Esa tarde a finales de mayo, llovía en la ciudad de Guatemala, era una de esas tormentas tropicales que parece que el cielo se viene encima.  En esos días, se celebró el Festival Centroamérica Cuenta, que congregó a más de 40 autores y autoras de 13 países del mundo, para cuatro días de literatura. Uno de ellos fue el chileno-argentino Cristian Alarcón, periodista y cronista, que se ganó este año el Premio Alfaguara de Novela con El Tercer Paraíso.

Alarcón es de los que entra a un lugar y se hace notar de inmediato, con una energía y simpatía arrolladora,  además es un conversador nato, al que se puede escuchar por horas. Así como su libro que atrapa por completo, envuelve y hay que dejarse y llevar, porque todo fluye con una naturalidad impresionante.

"Algunas personas han colapsado y han decidido frenar por el vértigo y la vorágine, en la que se transformaba una gira de promoción continental a nivel hispanoamericano; y el impacto que tiene que salir simultáneamente en más de 10 países, en cientos de ciudades, el interés que despierta en los medios, en los lectores. Al principio no hay tiempo de asimilarlo", recuerda. 

Pero él tuvo la bendición de gozar unas vacaciones previstas en el sur de Chile donde la novela ocurre y pudo disfrutar ese triunfo en familia "lejos de la conciencia del premio...con gente que, paradójicamente, estaba mucho más adentro de la novela que todos los demás. Sin conciencia de qué se trata realmente o de qué significa realmente el premio. Ese cariño, legítimo, ese afecto de la familia me hicieron mucho bien porque tuve la oportunidad de respirar y prepararme para lo que venía", dice.

Eso que venía era la presentación de su libro en España, Argentina, Colombia, Chile, México y Guatemala. Lleva ya más de 200 entrevistas y tendrá un breve descanso y luego irá la presentación a Perú, Panamá, Uruguay... hasta cerrar en noviembre a la Feria del Libro  de Guadalajara el día de su cumpleaños. 

¿El Tercer Paraíso es un libro autobiográfico?

No, lo que hice fue una operación literaria que es fundar la novela con un narrador construido en base a mi propio carácter y experiencia; absolutamente modificado y con unos protagonistas, sobre todo mujeres inspiradas en mi abuela y en mi madre; en algunos varones de la familia que tiene escenas de un realismo rampante y feroz que me fueron narradas pero a las que intervine a gusto y ‘piacere’. Construyendo una trama en la que se deben engarzar estos dos planos narrativos en la primera persona, en presente y la tercera persona en pretérito, matizados con algo parecido a un ensayo de la genealogía botánica desde lo que griegos hasta los franceses contemporáneos; entonces la hibridez de este texto hizo que estallara lo real en manos de alguien sumamente arbitrario.

Lo que quería era envolver al lector en una experiencia de búsqueda en una experiencia de entrega de silencio de recogimiento de cierta, o sea, es en una cierta condición sagrada, soportando el embate de un clan familiar campesino proletario atravesado por las violencias atávicas de América Latina, al tiempo que en el viaje misterioso de quien se encuentra en la soledad de la pandemia con la maravilla de la naturaleza. 

Tengo que confesar, el libro lo devoré, y me parecía la entrada de un diario personal... 

En el registro hay algo del diario en el sentido de que son capítulos muy pequeños escritos algunos que están en presente, con la idea de que el lector pueda compartir una intimidad  y ser partícipe de un proceso íntimo y secreto, que es el descubrimiento de que hacía fuera hay un otro no humano, de que allá afuera está en la tierra, los minerales, la luz, el agua los vegetales, los animales y que interpelan y que dialogan con lo humano. 

Ese proceso tiene un piso de realidad porque yo debí pasar mucho tiempo en contacto con la naturaleza, pero está exacerbado, y ese narrador es narrador infinitamente más sabio, tremendamente más paciente y debo reconocer que como dice Mariana Enriquez es también más poderoso que el autor de la novela.

Es una persona mucho menos neurótica que yo, una persona mucho más elevada en términos espirituales que yo. Yo tengo un camino espiritual, pero esa persona que narra la novela ha transitado algo que yo todavía no conozco. Quizás sea una expresión de deseo, que uno se invente uno mismo, un poquito mejorado.

¿Volver al pasado, fue un camino doloroso?

No, porque esta no es una novela catártica, ni se trata de  un reconstruir una trama familiar para saldar cuentas con nadie. Las cuentas estaban saldadas y perfectamente de modo incompleto como suele ocurrir con la mayor parte de lo que nos ocurre en la vida, es imposible, llegar a un deber y un haber ecuánimes, siempre hay una falta. Siempre nos estamos volviendo a decir, nos estamos volviendo a poner contornos y bordes, y estamos volviendo a cruzar la frontera, que creímos haber cruzado alguna vez en esa confusión vivimos. No sabemos exactamente dónde estamos, a veces en algún breve instante de felicidad sentimos que estamos en el único lugar del mundo en el que podríamos estar y con la única persona del mundo con la que desearíamos pasar ese instante, pero eso es muy efímero. 

Este narrador asume que encuentra un territorio y ese territorio que primero es el jardín...

¿Físicamente existe? 

Me da mucha pena hablar de lo real, porque para eso lo inventé para no hablar de lo real; pero sí podrían seguramente desilusionarse si lo visitan, no se puede hacer tour al jardín porque no es real; entonces, lo que es real, es el deseo de que el jardín exista. Desde esta gira he pedido fotos a la paisajista, que trabaja en mi espacio para ver cómo progresaron algunas plantas tropicales que sembré al costado de la piscina antes de partir a Colombia hace un mes. Y me puso muy feliz ver que todas brotaron, pero también me enteré de que otras perecieron. En mi eficiencia como jardinero, soy más amor que eficiencia.

A las plantas hay que saber los datos, la poda con el momento en el que se le da energía privándola de lo que no debe tener para que pueda renacer. Ahí hay una metáfora interesante, con ese renacimiento que es el que nos exige esta contingencia en la que vivimos como si permanentemente estuviéramos sometidos a una experiencia de muerte, es decir de refundación, esa cosa que tiene este momento histórico, político social, que atravesamos que es el de la eminencia de la extinción, que está esa conciencia de que vamos a perecer. 

En esta novela ha sido una apuesta a que todos tengamos el derecho de morir sin que eso signifique el fin de la vida, es decir a la recreación de la finitud de nuestras ideas, la finitud de nuestros proyectos, la finitud de nuestros afectos, de nuestros jardines, la absoluta imperfección en la que vivimos, la falta inconmensurable que soportamos y que contra la que batallamos a veces en la búsqueda de la belleza.

¿Cómo fue el proceso de construcción de los personajes?

Fue bastante armónico, porque a medida que yo tomaba la decisión de abandonar completamente la idea de que este libro fuera una mezcla  entre testimonio, diario, memoria, archivo, investigación, crónica, y me convencía de que lo que quería era una estructura de novela, si bien híbrida, cuyo narrador pudiera gobernar al lector hasta el final llevándolo, con una rienda a medio tirar, a este final que no se puede contar, pero que en algún sentido es la construcción misma del tercer paraíso.  Iba "duelando" la posibilidad de usar todo lo que he aprendido a lo largo de 30 años haciendo narrativa de no ficción.

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Alarcón es periodista y cronista, fundador de Anfibia y Cosecha Roja y comentó que para él fue difícil dejar de contar algunas cosas en su novela porque consideraba importante. Por ejemplo cuando pasó escribiendo en La Unión, el pueblo donde nació y conoció a una niña mapuche fan del K Pop. 

"Yo quería que me contara cómo era su día, cómo era su relación con el sol, con la tierra, con el agua, cuáles eran sus deseos, qué soñaba y en algún momento le pregunté si ella tenía un rol porque en las comunidades mapuches se te asigna siempre un rol... Y le pregunté ¿qué rol le tocaba? y me dijo: ‘Yo voy a ser Machi’. Es la curandera, la sabia, la que recibe todo el conocimiento ancestral de la medicina que surge de las plantas....  luego pensaba con mi editora, que esto puede ser un libro que se llame la Machi Kpop, pero eso quedó afuera como quedaron afuera otras historias fascinantes a las que tuve que renunciar".

 "Al principio fue doloroso porque como cronista quería dar cuenta de mi época, el periodista pugnaba por dar cuenta de ese momento histórico en el que una mujer mapuche asumió como presidenta de la Convención Constituyente de Chile y todos lloramos frente a la pantalla de televisión escuchando, cómo saludaba al pueblo chileno en mapuzugun", recuerda.

Pero, asegura que  "luego cuando pasó el duelo sentí una profunda felicidad de esta enorme libertad que me permitía escribir sin remitirme a los archivos, sin respetar los testimonios, sin entrevistar, sin preguntar, sin atarme absolutamente a ninguna realidad".

¿Cómo vamos de aquí del periodismo de investigación a llegar a la literatura?

Todavía no hago conciencia. Yo estoy seguro de que hay un beneficio de esa experiencia de contar de los ladrones, a los narcos,  de los policías corruptos a los seres abyectos a los que me dediqué durante tanto tiempo. Seguramente todo ha permeado, y está allí en la base de esta novela, pero no he logrado hacer conciencia exactamente de cuál, o qué es lo que ha quedado. Porque lo que también me gana es un enorme cansancio, el cansancio del que estuvo poniendo el cuerpo, el agotamiento, del que ha tenido que gerenciar y gestionar medios. Hacer sobrevivir el periodismo en las condiciones más horrendas en las que hayamos trabajado desde las dictaduras, por la falta de financiamiento, por la por la crisis de sentido de la realidad, por lo difícil, que es encontrar haces de luz en el medio de la oscuridad epistemológica en la que vivimos ante un presente tan aciago y ahora ante la incertidumbre de postpandémica.

Quizás es simplemente que el cuero se pone duro, quizás es simplemente que la experiencia vital nos hace más fuertes, más serenos, menos desesperados y que podemos frenar; frenar a pensar, frenar para tomar decisiones, frenar para no hacer nada.

 Viví demasiado tiempo en la vorágine, viví demasiado tiempo en la velocidad y la reivindiqué hasta volverme casi un activista de la velocidad periodística; porque ha sido de los que reivindicado que la crónica no debe ser solamente un texto de producido y escrito en tres o cuatro meses para hacer luego leído los momentos de parsimonia, sino que he estado interesado en dar la pelea porque la película latinoamericana esté preciosamente escrita en la urgencia más urgente. 

En ese punto de la rapidez con que estamos, de la velocidad.  el papel que están jugando las redes sociales, de buscar lo más atractivo para que sea leído, ¿considerás que la calidad periodística va quedando a un lado?

Yo no soy absolutamente pesimista y tengo muchísima admiración por algunas. experiencias de América Latina por muchos medios, medios nativos digitales... En el último estudio de la Fundación Gabo hecha para la UNESCO y se llama El Hormiguero Digital donde detectaron algo así como 1500 y tantos medios digitales nativos en América Latina, más de 350 contestaron en una encuesta uno de los puntos claves es cuál es el financiamiento.  El 22% solamente proviene de publicidad y el 48% o 49% del bolsillo de los propios periodistas...Hemos llegado a un momento en que el periodismo se autofinancia, como si fuésemos artistas sin mecenas, cuando lo que estamos haciendo es un servicio a la sociedad que es fundamental para el sostenimiento y fortalecimiento y la salvación de nuestras débiles democracias. 

Esta situación nos lleva a pensar en la necesidad de reformas profundas, institucionales, políticas, sobre todo de los gobiernos progresistas de la región o aquellos que se dicen progresistas para que comprendan que no deben invertir en viejos modelos medios dirigidos por empresarios afines adictos que repiten como loros los discursos oficiales, sino que deben crear leyes que posibilitan el financiamiento sin intervención de los contenidos de los medios independientes.

Es un punto fundamental, pero por otro lado, estos mismos medios son de un nivel de innovación y de creatividad que sorprende, que gana premios y que le da el verdadero sentido de la existencia del periodismo latinoamericano. Son esos medios los que corren, corremos la vara, porque formo parte de ese universo con Anfibia, con Cosecha Roja y con Cronos, nuestro laboratorio de medios. Corremos permanentemente la vara de lo posible y pensamos un periodismo del futuro que reivindica la condición misma de futuridad, es decir la posibilidad de que nosotros seamos los que mapeamos las tramas para crear la posibilidad del sueño, para abrir sobre todo a las generaciones nuevas y a las que vendrán el poder de la imaginación de un futuro mejor. 

Nos han raptado, nos han secuestrado la idea del futuro. La palabra futuro ha dejado de tener un sentido positivo y hemos entrado en la época de las distopías y todo lo que imaginamos es un mundo peor, por eso la resistencia no es solamente la de los 70 que era este enarbolar proyectos políticos de transformación, sino la de primero recuperar la posibilidad de pensarnos como un mundo mejor.

¿Y qué sigue ahora, seguir con periodismo, seguir con literatura, los dos? 

Estoy embarcado en un proceso alucinante previo a la escritura de la novela y por eso la pude terminar que es poder despegarme de la Dirección Ejecutiva cotidiana de los productos periodísticos que he creado y que sigo reinventando. Mi rol es el de el reinventor, el que genera la energía para que todo un equipo de talentos pongan en acción sus capacidades creativas y de gestión en pos de el descubrimiento de nuevas fronteras. 

Eso me permite pensarme como un narrador que no va a dejar de escribir. Me tomaré un año sin la necesidad de que sea tan tajante mi abandono absoluto y encerrarme en una cabaña como en el cliché del escritor retirado, sino me imagino una idea mucho más armónica de una convivencia entre este señor que piensa y crea medios y contenidos, que plantea escenarios futuros de intersección multidisciplinar entre el periodismo y otras disciplinas sobre todo las artes, y este otro señor enamorado de sus plantas y con la inquietud permanente de volver a la escritura, de permanecer en la escritura de ficción.

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